En la búsqueda de soluciones del siglo XXI ante los fenómenos de inundaciones ocasionados por las lluvias

Tony Herrera • Tuesday, 9 de April de 2013

Para las familias que han perdido todos sus bienes, negocios, inclusive sus casas y en casos extremos a algún familiar por culpa de las crecidas fluviales, no nos queda más que el consuelo, la comprensión, la esperanza y la ayuda que podamos darles para que superen lo antes posible esa situación. Pero sobre todo nos queda lo más importante: el reto de la prevención y evitar que estas desgracias se sigan produciendo.

Como sociedad en su conjunto, sin embargo, es posible extraer elementos en positivo de los desastres provocados por las crecidas de los ríos de los que aprender, con los que hacer autocrítica y encaminar las vías de solución hacia ese reto de la prevención. En primer lugar debemos entender que la naturaleza nos avisa cada vez que los ríos se desbordan y nos da lecciones gratuitas sobre como hacer las cosas, en este caso en lo que a ordenación territorial, planeamiento, gestión de espacios fluviales, etc., se refiere. No se entiende que en una sociedad supuestamente avanzada como la nuestra se produzcan esas imágenes que se han visto en demasiadas ocasiones por televisión, de viviendas más o menos dispersas y en medio de zonas inmensas totalmente inundadas. Nos recuerdan en todos sus matices a imágenes que llegan frecuentemente de países en vías de desarrollo, donde carecen de medios y recursos para hacer una ordenación territorial eficiente y la planificación urbanística más elemental no existe. Atendiendo a esas imágenes, no podríamos decir que somos un país muy desarrollado en cuanto a la ordenación territorial. Y de aquí podría extrapolarse a otros muchos aspectos, que no tienen que ver con los problemas de las inundaciones, pero sí con la ordenación del territorio y el urbanismo. Por tanto, la sabia naturaleza no hace más que poner de manifiesto una gran debilidad de nuestra sociedad y avisarnos de los riesgos que corremos si no tomamos cartas en el asunto. Máxime cuando esos riesgos se incrementarán enormemente si continuamos haciendo una mala planificación del territorio y tenemos en cuenta que el cambio climático prevé un incremento en la frecuencia de lluvias torrenciales.

¿Qué más nos enseña la naturaleza?, pues nos recuerda, nuevamente (lo hace de vez en cuando, pero siempre olvidamos...), que los ríos y arroyos, arterias y capilares que mantienen vivo el territorio, no son los pequeños cauces, algunos de ellos muy efímeros, que vemos habitualmente en nuestros paisajes. Los ríos no son tal sin su “territorio de movilidad fluvial”, o el “espacio fluvial” que les pertenece y que utilizan de tarde en tarde. Las llanuras de inundación, lo que se denomina también las vegas de nuestros ríos, son parte fundamental de los sistemas fluviales. Son fértiles porque el río las fertiliza con sus crecidas, y son zonas que sirven también para la recarga de nuestros acuíferos, tan importantes en épocas de sequía. Estos no son conceptos nuevos, pero sí son conceptos que han estado, en demasiadas ocasiones, ausentes en la planificación y la ordenación. Otras veces sí se tuvieron en cuenta, pues hay que reconocer que hemos progresado bastante en los últimos años y que cada vez hay más técnicos y expertos que saben de estas cuestiones, pero nadie consideró sus advertencias, o no se cumplieron las leyes y las normas vigentes. Y aquí aparece una segunda debilidad del conjunto de nuestra sociedad. No sonará a nuevo si cito el famoso tópico: “en España tenemos las mejores leyes pero éstas no se cumplen”. Cada cual sacará sus conclusiones al respecto, pero entiendo que es preferible insistir en la oportunidad que supone que entendamos esto de una vez por todas y cambiemos nuestra forma de planificar el territorio. Hasta ahora hemos invadido el espacio fluvial de muchas maneras. Los usos agrícolas lo han hecho desde siempre, y en años buenos, ello ha supuesto una fuente de beneficios gracias al aprovechamiento de las fértiles vegas y llanuras fluviales. En años de inundaciones, como éste, debemos demostrar que somos una sociedad avanzada sufragando las pérdidas del agricultor, no con dinero público del contribuyente (salvo en catástrofes extremas e impredecibles), sino acudiendo a los seguros agrarios, que para eso existen. También el dinero público podría acudir excepcionalmente en ayuda del pequeño agricultor, que cumple una función social y de sostenimiento del ecosistema y el paisaje local. Sin embargo, cuando son las viviendas o negocios (industrias, polígonos industriales, etc.) los que ocupan las tierras que son del río, la cosa es más complicada. Normalmente, cuando se trata de viviendas, éstas son ilegales, o bien nadie debería haber permitido y autorizado que se instalaran en estas zonas. Otras veces, los ayuntamientos las legalizan, bien sea de forma clara en sus planes generales de ordenación urbana, o bien por la puerta de atrás, cobrando impuestos a viviendas que surgen en la ilegalidad. Dependiendo del caso así será la responsabilidad asumida por la administración. Aquí surgen además varias cuestiones que deben cambiar de cara al futuro para que seamos esa sociedad avanzada del siglo XXI a la que aspiramos. Primeramente entender, como ya he dicho, que el espacio fluvial sólo puede ser del río, y que para nuestro desarrollo, nuestra economía y nuestra calidad de vida, nos interesa que sea así. Por tanto, no tienen sentido los múltiples esfuerzos y las ingentes cantidades de dinero que hemos gastado en querer “dominar” a nuestros ríos encauzándolos con hormigón y escolleras. De hecho, las inundaciones siguen produciéndose a pesar de los miles de kilómetros de nuevos encauzamientos y de las nuevas presas puestas en funcionamiento. Inclusive, la existencia de las presas agrava en ocasiones los problemas de inundaciones por las sueltas bruscas a las que se ven obligadas. En pleno siglo XXI, mantener como objetivo fundamental para el ser humano su dominio sobre la naturaleza ya es un paradigma desechado y por tanto, obsoleto. Ahora se trata de encontrar el equilibrio con la naturaleza, pues es la única vía de supervivencia para nuestra especie. Lo hemos visto con otras muchas cuestiones y por eso hablamos de sostenibilidad, de lucha contra el cambio climático, necesidad de conservar la biodiversidad, etc. En segundo lugar, habrá que cambiar la forma en que gestionamos los ríos, sus usos y sus aprovechamientos. Este es un tema muy complejo en el que no pretendo adentrarme en este artículo, pero sobre el que hay mucho que debatir y cambiar. Existen múltiples oportunidades asociadas a la restauración y recuperación de nuestros paisajes fluviales. Esto supondría una mejora muy considerable de nuestros ecosistemas y de la conservación. El territorio de movilidad fluvial también lo es de movilidad de las especies animales, por eso hablamos de los ríos como corredores ecológicos, y también, aunque de forma menos visible, son corredores para las especies vegetales. Si mejoramos la calidad de nuestros paisajes y del entorno, no sólo mejoraremos nuestra calidad de vida, sino que podremos aprovechar ese valor añadido como recurso para nuestro desarrollo. Un país que vive en buena parte del turismo no puede permitirse tener sus paisajes cada vez más degradados y pobres. Eso no atrae a nadie. La conservación también puede ir ligada a marcas de calidad, denominaciones de origen, etc., con lo que otros elementos de la economía del turismo, como nuestra gastronomía, artesanía, agricultura ecológica, etc., también se verían muy favorecidos. En tercer lugar, y esto resulta obvio después de todo lo anteriormente comentado, deben realizarse estudios rigurosos, y aplicando las últimas tecnologías disponibles, de los riesgos de inundabilidad asociados a nuestros cauces. El rápido crecimiento de nuestras poblaciones en los últimos años, ha disparado la superficie impermeabilizada en los núcleos urbanizados, lo que conjuntamente con la proliferación de distintas infraestructuras, ha modificado enormemente los drenajes y los caudales de nuestros cauces, por lo que ahora hay problemas y riesgos donde hace pocos años no los había. Tenemos tecnologías suficientes y demostradas para ello y es de justicia reconocer que la administración también ha avanzado muchísimo en estos aspectos en los últimos años.

Existen dos efectos muy positivos de las crecidas de los ríos que merecen la pena destacarse y que no dependen de la gestión de la situación por parte del hombre. El primero de ellos también tiene mucho que ver con nuestra calidad de vida y con el sector turístico de nuestra economía. Un río geomorfológicamente vivo es un río que transporta sedimentos. Durante los fenómenos de crecidas y arrastres, los ríos transportan grandes cantidades de sedimentos al mar, que no son otra cosa que una buena parte de la arena sobre la que tomamos el sol en nuestras playas. Algunos temporales nos quitan la arena y los ríos la reponen de forma natural. Además, nos ahorramos el enorme impacto ambiental y el coste energético y económico que suponen las operaciones de regeneración de las playas. La segunda ventaja destacable también repercute muy directamente sobre nuestra economía, en concreto sobre el sector pesquero. Los ríos vivos, además de sedimentos transportan al mar en sus crecidas toneladas de nutrientes que son el alimento de muchas especies de peces, mariscos y moluscos que aprovecha el hombre. Incluso para los alevines de algunas especies que luego se capturan en alta mar, pero cuyas primeras etapas de vida se desarrollan cerca de la costa. Por tanto, debemos huir de esa idea radicalmente errónea, simplista, y en ocasiones malintencionada, de que los ríos tiran el agua al mar. Debemos entender como una bendición que los ríos lleven agua al mar, porque no sólo llevan agua, el agua es el elemento en el que los ríos transportan sedimentos y nutrientes, manteniendo el equilibrio natural y echándole de paso una buena mano a nuestra economía.

Por todo ello seamos más humildes y aprendamos más de la naturaleza, veamos el vaso medio lleno, cuando en lugar de hablar siempre de problemas a solucionar podemos entender que las crecidas de los ríos pueden ser oportunidades a potenciar y aprovechar en muchos casos. Atendamos al problema de las inundaciones con una visión integrada y ambiental, según la cual, lo primero debe ser la prevención. En segundo lugar, no habrá más remedio que proteger zonas urbanas o semiurbanas consolidadas, y habrá que recurrir sin duda a la ingeniería, o mejor aún a la bioingeniería siempre que estas técnicas más blandas sean posibles. Pero hay que ir más allá. Aprovechemos, siempre que se pueda, que la mejor solución (que se está aplicando con éxito en numerosos países desarrollados) son las actuaciones de restauración fluvial. Mediante este tipo de proyectos se busca generar zonas amplias en las que recuperar todas las funciones y procesos naturales del río, y que éste pueda ocupar toda su llanura de inundación durante las crecidas. De esta forma, dichas zonas funcionan como áreas que absorben y amortiguan los efectos de la crecida en otros tramos donde podrían causar daños y perjuicios graves.

Y no olvidemos que, tanto los proyectos de restauración fluvial como las actuaciones de conservación y mantenimiento de cauces, pueden suponer una importante fuente de empleo, un hecho nada despreciable en los tiempos que corren.

CENTRO IBÉRICO DE RESTAURACIÓN FLUVIAL
Departamento de Geografía y Ordenación del Territorio
C/ Pedro Cerbuna, s/n • Universidad de Zaragoza • 50009 Zaragoza
Correo electrónico:
Copyright 2018 © Centro Ibérico de Restauración Fluvial  •  CIF: G85631729
Desarrollo web: Sergiodelgado.net